La Inquisición en el 2018 en Argentina

Texto: María de los Ángeles Roberto y Maia Fernández Bardo

Foto: Laura Noe Pérez

A las mujeres nos siguen quemando por pensar, por vivir de manera diferente a la norma establecida, por luchar por nuestros derechos. Una de las hogueras en las que nos incendian en el 2018 son las redes sociales. Los fundamentalistas religiosos, tanto católicos como evangélicos, no pierden oportunidad de perseguirnos. Los que integran el movimiento de “Salvemos las 2 vidas” googlean nuestros nombres, dejan comentarios atroces sobre nosotras en You Tube, en Twitter, en Facebook, nos mandan amenazas a diario por Whatsapp o por Messenger. Estas intimidaciones se incrementan día a día en el nivel de violencia y son coactivas, para que desistamos de nuestro accionar. Mariana Carrizo, la coplera salteña, que se manifestó a favor del aborto con la composición de la “copla verde”, fue atacada en su muro con mensajes violentos y discriminatorios como “Arderás en el infierno”; “Te parió una mula”; “Boliviana de mierda”; “Pegáte un tiro”; “Libertina”.

Estos enfrentamientos no se reducen al ámbito virtual porque la otra hoguera que alimentan es la del miedo, la de la violencia. El 12 de junio, en Mendoza, robaron una bolsa con 500 pañuelos verdes para tirarlos, posteriormente, en un basural. Al día siguiente, durante la vigilia que las mujeres mendocinas soportaron bajo el aguanieve con 10 grados bajo cero, las amedrentaron con una amenaza de bomba en la carpa que habían levantado en la plaza. La policía desalojó el lugar. Hubo requisas. Ellas no dieron un paso atrás. Regresaron y a la mañana festejaron con el resto de sus hermanas a lo largo del país.  Estos hechos tuvieron un antecedente importante un mes antes de la histórica sesión del #13J, cuando una joven que caminaba por el barrio de Flores, en CABA, con el pañuelo verde atado a la mochila, fue atacada por un hombre que la siguió durante media cuadra, diciéndole “feminazi”, “asesina” y “hippie de mierda”, para luego empujarla y golpearle la cabeza contra una pared.

Durante los días posteriores al 13 J, a la aprobación de la media sanción en la Cámara de Diputados, recogimos testimonios de muchas mujeres que fueron objeto de ataques verbales y físicos simplemente por llevar el pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. El 14 de junio, un grupo de chicas que se retiraba de la zona del Congreso Nacional recibió insultos y empujones mientras manifestantes antiabortistas las perseguían al grito de: “¡Asesinas!” A otra mujer con pañuelo verde le pegaron con un paraguas. En las últimas dos semanas, la violencia misógina recrudeció en la provincia de Buenos Aires. En la zona sur, una compañera de la Campaña que viajaba en un tren de la línea Roca con una bolsa llena de pañuelos verdes, sufrió el hostigamiento de un grupo de personas hasta que se bajó, en medio de insultos y rezos. En la zona oeste, una adolescente pasó por una situación similar en un coche de la línea 86, hasta que un grupo de chicas con pañuelos subió al vehículo y la rodeó para protegerla. No tuvo la misma suerte una joven que viajaba en otro colectivo, esta vez de la línea 540, a la que tres varones adolescentes empujaron con saña cuando estaba por descender, lo que le provocó varios hematomas en las rodillas. Le gritaron “lesbiana” y “asesina”.

Pero quizás los casos más graves se están dando en la zona norte del conurbano bonaerense, más precisamente en la localidad de Carupá, donde ya registramos dos situaciones de chicas menores de edad, que fueron víctimas de ataques virulentos. A la primera la agredieron entre dos varones en un interno de la línea 343, en la noche del lunes pasado. Cuando bajó, frente a la terminal, la siguieron y le dieron una golpiza brutal. Le patearon el vientre hasta que escupió sangre mientras le gritaban: “¡Dale, abortá, feminista de mierda!” Nadie intervino. A la segunda, una adolescente de 14 años, también la agarraron entre dos hombres. Le pegaron, le arrancaron un mechón de pelo y le dijeron: “Ojalá cuando quedes embarazada te mueras en el parto, porque es lo que se merecen ustedes”.

Desde las provincias nos llegaron estas denuncias:

  • En Tucumán, un grupo de adolescentes que festejaba en una plaza, tuvo que soportar las agresiones de un joven que se sentó en un banco próximo, les dijo: “Si somos iguales, las puedo cagar a golpes”, e imitó el gesto de clavarles un puñal.
  • El Frente de Trabajadoras de la Comunicación del Chaco denunció que el miércoles pasado, en la peatonal de Resistencia, vandalizaron una muestra fotográfica sobre familiares de víctimas de femicidios con pintadas como “puta” y “Deus Vult” —”Dios así lo quiso”—; además, en un reconocido comercio se negaron a atender a dos mujeres que portaban el pañuelo y varias escuelas impidieron que los alumnos ingresaran con el distintivo.
  • La violencia machista se sintió también en Santa Fe. En Recreo, organizaron una quema de pañuelos verdes frente a los domicilios de integrantes del movimiento Ni Una Menos que alcanzó el frente de las casas; en la capital de la provincia, taparon con pintura un mural en memoria de Ana María Acevedo, ubicado en las afueras del hospital Iturraspe, donde la dejaron morir de cáncer por no practicarle un aborto. Celina Junquero, referente del colectivo, advirtió que allí sufren amenazas constantes y de todo calibre, entre ellas: “Las tendrían que violar a todas ustedes así pueden abortar”. A su hermana le arrancaron un pañuelo.
  • En Neuquén, una menor de edad proveniente de la ciudad de Catriel, Río Negro, sufrió la agresión de desconocidos que la increparon por portar un pañuelo verde en señal de apoyo a la legalización del aborto.
  • En la ciudad de San Luis, un grupo de antiderechos, atacó a una compañera por llevar su pañuelo verde en la mochila.

Escenas como estas se replicaron incluso en otros países del continente, donde las Campañas por el Derecho al Aborto Legal tomaron un gran impulso en la última semana. En Perú, por ejemplo, una compañera que llevaba en su bolso uno de los pañuelos verdes de la Campaña argentina —se lo había regalado una amiga— recibió gritos e insultos de un hombre mientras viajaba en colectivo.

Los machos agresores están atacando en grupo y ponen la mira en las chicas jóvenes, incluso en menores. No son hechos aislados ni “al voleo”. Muy por el contrario, se trata de una reacción en cadena arraigada en la misoginia y el más profundo odio que emanan quienes están en contra de la ampliación de los derechos de las mujeres e identidades disidentes, escudados bajo la coraza de la religión, una religión opresiva y fundamentalista, aquella que nunca apagó el fuego de las hogueras para quemar a las mujeres.

 

 

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